La historia del automóvil siempre se cuenta desde los despachos de Detroit o de Stuttgart, pero en la Alemania de entreguerras un grupo de mecánicos, artesanos del chasis e ingenieros desempleados decidió saltarse a los patronos. Fundaron la cooperativa Gutu con una idea audaz para la época: fabricar un coche de alta gama controlado exclusivamente por sus trabajadores.
Un taller gestionado en asamblea
En los años 30, la tracción delantera y las carrocerías aerodinámicas de aluminio eran elementos de prototipos inalcanzables. La plantilla de Gutu diseñó un vehículo con estas características decidiéndolo todo a pie de taller, mediante asambleas semanales donde el voto de un soldador valía exactamente lo mismo que el del ingeniero jefe. Tampoco había accionistas esperando dividendos, por lo que los recursos se destinaban a mejorar sueldos y equipar el taller.
Pocos vecinos de la zona tenían dinero suficiente para pagar un coche de ese nivel al contado. Para resolverlo, la cooperativa inventó un sistema donde cualquier comprador podía rebajar la factura si aceptaba echar jornadas de trabajo en la propia fábrica. Quienes sabían carpintería montaban salpicaderos de madera, mientras otros ayudaban a descargar chapa o a pulir metales. El cliente no solo compraba el vehículo, sino que literalmente ayudaba a construirlo.
Reaprovechamiento industrial y legado autogestionado
Para que las cuentas cuadrasen sin inflar precios, el equipo rastreaba las grandes fábricas de la región en busca de prensas usadas, herramientas descatalogadas y lotes de componentes sobrantes que adaptaban a su chasis. Proyectos contemporáneos que analizan la economía social y el reaprovechamiento industrial, como los promovidos por la red REAS Red de Redes de Economía Alternativa y Solidaria, conectan directamente con esta filosofía de autogestión y eficiencia comunitaria.
Aunque el proyecto acabó sofocado por la crisis económica y el convulso clima político previo a la Segunda Guerra Mundial, aquel modelo demostró que la gente común podía organizarse para competir en tecnología y diseño contra los grandes gigantes del motor.
La historia del automóvil siempre se cuenta desde los despachos de Detroit o de Stuttgart, pero en la Alemania de entreguerras un grupo de mecánicos, artesanos del chasis e ingenieros desempleados decidió saltarse a los patronos. Fundaron la cooperativa Gutu con una idea audaz para la época: fabricar un coche de alta gama controlado exclusivamente por sus trabajadores.