Desde el origen en Rochdale, las mujeres obreras fueron las administradoras de la economía doméstica y, por ende, las principales compradoras en las tiendas cooperativas de consumo. Ellas fueron las que garantizaron que las cooperativas prosperaran, eligiendo la ética de la devolución de excedentes sobre la ganancia especulativa. Su papel se centró en la fiscalización.
En Estados Unidos, un ejemplo claro es Alice Lakey (1857–1935). Aunque es más conocida por su trabajo en la regulación de seguros, fue una incansable defensora del consumidor. Abogó por la transparencia, la calidad alimentaria y la creación de cooperativas de consumo como un mecanismo de protección directa para las familias contra los precios abusivos y los productos adulterados. Lakey demostró cómo el activismo de consumo podía ser una poderosa forma de cooperación social.
Liderazgo en el trabajo y la lucha obrera
El cooperativismo de trabajo asociado también fue un campo de acción vital, especialmente para las mujeres inmigrantes y obreras que enfrentaban condiciones laborales extremas en el sector textil.
Aquí, la figura de Clara Lemlich (1886–1982) es emblemática. Como organizadora sindical y figura central en la histórica "Huelga de las 20.000" de 1909 en Nueva York, Lemlich no solo luchó por mejores salarios y condiciones, sino que también promovió la formación de cooperativas de vivienda y consumo para sus compañeras. Ella entendía que la cooperación ofrecía una solución integral: si luchaban por un salario justo en la fábrica (sindicalismo), también debían asegurarse de que ese salario no fuera devorado por altos alquileres y precios inflados en la tienda (cooperativismo).
Lemlich y otras líderes obreras demostraron que las cooperativas eran herramientas de resistencia y auto-ayuda que empoderaban a las mujeres frente a la explotación capitalista.
A lo largo del siglo XX, las mujeres lideraron el desarrollo de cooperativas de ahorro y crédito (credit unions), especialmente en América Latina, África y Asia. Al ser frecuentemente excluidas de la banca tradicional, las mujeres encontraron en las cooperativas un espacio que, bajo el principio de "Puertas abiertas", les ofrecía microcréditos y servicios financieros para sus pequeños negocios.
Este liderazgo trascendió lo económico. Las mujeres organizaron y dirigieron comités de educación, salud y bienestar social de las cooperativas. Entendieron que la cooperación no solo se trataba de negocios, sino de desarrollo comunitario integral.
Aunque el principio de "Un miembro, un voto" garantiza la igualdad, la lucha por la paridad de género en los Consejos de Administración sigue siendo un foco global. El cooperativismo fue uno de los primeros en ofrecer derechos de voto a las mujeres mucho antes de las elecciones nacionales, pero para acceder a puestos directivos la batalla ha sido continua.