El contraste con sus vecinos es agudo. Mientras que en vecinos nórdicos como Dinamarca o Noruega el modelo cooperativo florece como una alternativa sostenible, en Islandia el movimiento parece atrapado en los libros de historia. ¿Cómo pasó una de las economías más colectivistas de Europa a ser un sistema centrado en la desregulación y el sector privado?
Un Estado dentro del Estado
Para entender la Islandia moderna es obligatorio hablar del Samband (Samband íslenskra samvinnufélaga). Fundada en 1902, esta Federación de Sociedades Cooperativas nació como un acto de rebeldía. Islandia era entonces una colonia pobre bajo dominio danés, y el comercio estaba controlado por monopolios extranjeros que asfixiaban a los productores locales.
El Samband fue la respuesta soberana. Lo que comenzó como una red de apoyo para agricultores creció hasta ser la organización comercial más grande del país. En su apogeo, entre los años 60 y 70, el Samband era un “Estado dentro del Estado”. Operaba líneas navieras, fábricas, aseguradoras, un banco propio y la red de distribución de alimentos más extensa de la isla. Fue la fuerza que industrializó el país y lo guio hacia la independencia, garantizando que los beneficios se quedaran en manos de la comunidad.
El colapso y el trauma de los 90
Sin embargo, el gigante tenía pies de barro. La década de los 90 trajo una tormenta perfecta: gestión burocrática ineficiente, endeudamiento y un cambio radical en la mentalidad política hacia el neoliberalismo. El modelo cooperativo empezó a verse como un anacronismo lento frente a la supuesta agilidad de las sociedades anónimas.
La quiebra del Samband fue un trauma cultural. La privatización masiva que siguió borró nombres históricos y dejó una herida en la psique colectiva. La palabra “cooperativa” quedó vinculada a la mala gestión. Hoy, mientras en otros países las cooperativas se cuentan por miles, en Islandia apenas sobreviven unas 30 entidades registradas.
Pese al declive, el modelo ha mutado con éxito. El ejemplo más visible es Mjólkursamsalan (MS). Esta cooperativa láctea, propiedad de los ganaderos, posee el control del sector y ha convertido al Skyr en un fenómeno global. Han demostrado que la estructura cooperativa puede ser competitiva en mercados internacionales si se moderniza.
Por otro lado, la crisis inmobiliaria en Reikiavik está forzando a mirar hacia atrás. Han surgido cooperativas de vivienda que buscan eliminar el ánimo de lucro del derecho a un techo. No obstante, las leyes actuales exigen un mínimo de 15 fundadores para establecer una cooperativa, una barrera burocrática que muchos consideran diseñada para favorecer a las promotoras tradicionales.
Islandia está en una encrucijada. Con un nivel de sindicalización del 90%, el ADN de la acción colectiva sigue intacto. El sistema de “uno para todos” que liberó a la isla hace un siglo está latente, esperando una reforma legal y un cambio de narrativa que permita al cooperativismo volver a ser el motor de innovación y resiliencia que el siglo XXI demanda.