Lejos de ser un concepto analógico, la empresa propiedad de sus trabajadores está encontrando en el desarrollo de videojuegos y la inteligencia artificial (IA) un ecosistema fértil para evolucionar hacia estructuras más estables, participativas y, sobre todo, humanas.
La industria del videojuego depende intrínsecamente de la creatividad y el conocimiento técnico especializado; sin embargo, el modelo tradicional suele basarse en proyectos finitos que generan una alta rotación de personal y el agotador fenómeno del crunch. Aquí es donde el modelo cooperativo brilla por su capacidad de ofrecer estabilidad y alineación de objetivos. Al constituirse un estudio como cooperativa, el desarrollador deja de ser un engranaje para convertirse en socio, garantizando una distribución equitativa de los éxitos y fomentando una cultura de innovación valiente.
Casos como el de Motion Twin (creadores del éxito Dead Cells) demuestran que es posible alcanzar hitos mundiales mediante una jerarquía horizontal donde todos perciben el mismo salario y poseen el mismo poder de decisión. A este modelo se han sumado estudios como The Glory Society o Small Buoyant Armies, que han nacido directamente bajo esta filosofía para proteger la salud mental de sus creadores y priorizar la calidad artística sobre las presiones de los inversores externos. En estas estructuras, la hoja de ruta del producto no la dicta un balance de situación, sino el consenso de quienes pican el código y diseñan los mundos.
La soberanía creativa y el fin del ciclo de descarte
Más allá de la equidad salarial, el cooperativismo en el gaming ataca la raíz de la obsolescencia del talento. En el modelo corporativo tradicional, los equipos suelen ser desmantelados tras el lanzamiento de un triple A, perdiendo décadas de conocimiento acumulado. En cambio, estudios como Socio-Digital o la misma Motion Twin fomentan la “soberanía técnica”: al ser dueños de las herramientas y de la propiedad intelectual, los desarrolladores pueden permitirse ciclos de iteración más largos y arriesgados, sin el miedo al despido inmediato si un prototipo falla. Esto permite que el diseño de juegos evolucione hacia mecánicas más experimentales y menos dependientes de las microtransacciones depredadoras, ya que el objetivo no es extraer el máximo valor por usuario en el menor tiempo posible, sino garantizar la viabilidad del estudio a largo plazo.
Asimismo, esta estructura permite una transparencia radical con la comunidad, creando un puente directo entre el “dev” y el jugador. Al no existir la presión de un publisher que actúe como filtro, las cooperativas suelen adoptar modelos de desarrollo abierto o early access mucho más honestos, donde el feedback de los usuarios influye en el diseño sin comprometer la visión artística. Esta alineación de intereses genera un ecosistema de “co-creación” donde el jugador no es visto solo como un consumidor, sino como un aliado del proyecto. En última instancia, el cooperativismo está demostrando que los juegos más innovadores y queridos de la escena independiente no nacen del sacrificio humano, sino de un entorno donde el código y el arte son propiedad democrática de quienes los imaginan.
IA ética: cooperativas de datos frente al extractivismo
Por otro lado, el auge de la inteligencia artificial ha abierto un debate global sobre la procedencia de los datos y la compensación a los creadores. Ante la práctica del “web scraping” masivo y sin consentimiento, el cooperativismo propone un modelo de gestión colectiva de activos digitales que beneficia tanto a los desarrolladores de IA como a los autores.
En lugar de una extracción fragmentada, surgen iniciativas como Stocksy United, una cooperativa de fotografía de stock que gestiona los derechos de sus autores de forma justa, o The Content Authenticity Initiative que, aunque es una alianza, sienta las bases para lo que cooperativas como Fairly Trained están certificando: que la IA se entrene con datos de alta calidad y procedencia legal clara.
Otro ejemplo pionero es DataDividends o proyectos de “data unions” que agrupan a ciudadanos para negociar colectivamente el valor de su huella digital. En este modelo de simbiosis, los autores reciben una retribución justa y la industria obtiene un “combustible” ético y legalmente blindado, evitando los litigios por derechos de autor que hoy asedian a las grandes tecnológicas.