Cultura
El cine colectivo que demuestra que la cultura también se puede cooperativizar
Diversas iniciativas demuestran que la gestión democrática en el sector audiovisual permite rodar películas de éxito y rescatar las salas de exhibición vecinales.
Un modelo de gestión participativa que complementa el ecosistema del libro tradicional y fortalece el vínculo entre los lectores y los barrios.
En los cimientos del sector editorial conviven dos fuerzas que se alimentan mutuamente: los grandes grupos editoriales, capaces de hacer viajar una historia a cientos de miles de hogares, y el comercio de proximidad, que le da rostro, voz y refugio a esa misma literatura. En el corazón de esta red, las librerías cooperativas se han consolidado como un pulmón cultural idóneo para dinamizar los barrios y devolverle al acto de comprar un libro su dimensión humana y colectiva.
Lejos de la gestión unipersonal, la estructura de una librería cooperativa destaca por la horizontalidad y la corresponsabilidad. La magia de este formato radica en la forma de repartir el esfuerzo y la toma de decisiones.
En las cooperativas de trabajo asociado, las libreras y libreros son los propios dueños de la empresa. Deciden el catálogo en equipo, dignifican las condiciones laborales del oficio y reorientan cualquier excedente económico a garantizar la estabilidad del negocio o a mejorar la infraestructura del local.
Por su parte, en las cooperativas de consumo, los propios lectores se rascan el bolsillo e invierten en el proyecto mediante una cuota. A cambio, no solo obtienen ventajas comerciales, sino algo mucho más cotizado: voz y voto en las asambleas para decidir qué autores invitar, qué talleres organizar y hacia dónde encaminar la vida cultural de la librería.
Detrás de las estanterías de estos proyectos se esconden anécdotas fascinantes que reflejan su espíritu único. Pocas personas saben que una de las librerías independientes y comunitarias más famosas del mundo, City Lights en San Francisco, nació en 1953 financiada íntegramente gracias a las aportaciones de sus propios clientes y vecinos para poder pagar el alquiler del local.
Otra curiosidad sorprendente es el curioso fenómeno del «libro rescatado» que practican muchas cooperativas europeas: cuando un título de gran valor cultural queda descatalogado o fuera de imprenta, los socios de la cooperativa se organizan para adquirir colectivamente los derechos restantes y hacer reimpresiones comunitarias exclusivas para sus miembros, salvando del olvido auténticas joyas literarias.
Estas librerías no buscan vivir de espaldas al mercado ni dar la espalda a los canales habituales. Muy al contrario: trabajan codo a codo con distribuidoras y con redes del sector como la Confederación Española de Gremios y Asociaciones de Libreros (CEGAL) para nutrir sus mostradores con los lanzamientos más esperados de la temporada.
La gran diferencia está en el margen de maniobra que les otorga su base social. Mientras que un comercio acelerado necesita liberar espacio en estantería constantemente, la cooperativa puede permitirse el lujo de mimar libros de rotación lenta. Así es como se protege la bibliodiversidad, logrando que en un mismo escaparate convivan el gran bestseller del momento con un libro de poesía recuperado de una imprenta artesanal.
El modelo no es un experimento teórico, sino una realidad palpitante con rostros y nombres propios. En Madrid, la emblemática librería Traficantes de Sueños lleva años demostrando cómo la economía social, el ensayo y la gestión asociativa pueden levantar un proyecto cultural autosuficiente en pleno centro urbano.
En Barcelona, iniciativas como L'Abonada o el ecosistema de Espai Contrabandos se han consolidado como oasis donde la edición independiente y el debate social se dan la mano con el vecindario. La red se extiende por otras ciudades a través de espacios como La Repartidora en Valencia o La Pantera Rossa en Zaragoza, que transforman el mostrador en un motor de agitación cultural. Incluso en el panorama internacional, desde la icónica Red Emma's en Baltimore hasta las históricas librerías de usuarios en Argentina o Francia, el cooperativismo demuestra que el amor por las letras no entiende de fronteras cuando hay una comunidad dispuesta a sostenerlo.
Entrar en una librería cooperativa es lo opuesto a realizar una transacción fría en un algoritmo. El verdadero corazón de estos proyectos reside en su agenda de vida comunitaria: un club de lectura donde discutir a fondo una novela, una presentación donde charlar mano a mano con el autor o un taller infantil donde iniciar a los más pequeños en el vicio de la lectura.
En definitiva, las librerías cooperativas no vienen a sustituir nada, sino a enriquecer el engranaje de la cultura. Al fusionar el oficio librero con el abrigo de la comunidad, estos espacios demuestran que el futuro del libro no pasa por aislarse, sino por seguir encontrándonos cara a cara entre estanterías.