En un garaje de Barcelona, los desarrolladores de Jamgo decidieron en 2015 que todos cobrarían lo mismo, independientemente del cargo. En Buenos Aires, la cooperativa gcoop lleva 17 años demostrando que el software libre y la propiedad colectiva son compatibles con proyectos de alta complejidad técnica. Y en Londres, la red CoTech agrupa a decenas de cooperativas digitales que comparten recursos y clientes bajo principios democráticos.
El modelo está ganando tracción global. Patio, una red internacional, conecta ya a más de 1.500 cooperativistas tecnológicos de 80 cooperativas en 24 países. Su propuesta desafía el dogma de Silicon Valley: en lugar de buscar inversión de capital riesgo y estrategias de salida rápida, estas organizaciones priorizan la sostenibilidad a largo plazo y el control democrático.
Una respuesta que va más allá del salario
¿Qué impulsa a programadores que podrían ganar más en Google o Meta a elegir este camino? La respuesta va más allá del salario. Es la posibilidad de votar sobre qué proyectos aceptar, de no tener un jefe que te diga cómo gestionar tu tiempo, de trabajar con tecnologías libres que devuelven el conocimiento a la comunidad. Es, en definitiva, apropiarse del valor que generan con su trabajo.
Las cifras son modestas pero reveladoras: estas cooperativas operan con márgenes de beneficio entre un 15 y 30% más bajos que las empresas tradicionales, lo que les permite competir en precio sin sacrificar calidad. El secreto está en eliminar las capas de management y los dividendos a accionistas externos. En Up & Go, una plataforma cooperativa de servicios domésticos, la comisión es del 5% frente al 30% que cobran sus equivalentes corporativos.
El desafío es cultural. En Estados Unidos, donde la cultura startup domina, las cooperativas tech son escasas. La regulación favorece tradicionalmente a las empresas con capital inversor, y pocos desarrolladores conocen siquiera que existen alternativas. Pero en Argentina y Reino Unido, donde las federaciones FACTTIC y CoTech han creado ecosistemas de apoyo mutuo, el modelo florece.
2025 ha sido declarado por la ONU como el Año Internacional de las Cooperativas, un espaldarazo al movimiento justo cuando el sector tecnológico atraviesa una crisis de confianza. Mientras los gigantes tech acumulan poder y precarizarán el trabajo freelance, estas cooperativas demuestran que otra tecnología es posible: una donde los algoritmos no deciden quién trabaja, donde la transparencia es norma, y donde el éxito se mide en bienestar colectivo, no en valoraciones unicornio.
No son una solución universal, pero sí una alternativa real para los 73 millones de freelancers tecnológicos solo en Estados Unidos. Una que devuelve dignidad y control a quienes realmente construyen el futuro digital: los trabajadores.